Paola Rey, sin proponérselo, hace una treta de cazadora: estira el brazo, con la mano doblada, como si su extremidad fuera la garra de un felino a punto de dar un zarpazo. Luego la gira en el aire, refrena su impulso, se mueve con suavidad y hace que la punta de sus dedos toque la piel del entrevistador. “Así es como siento: con todo”. Tiene los ojos iluminados, más grandes que de costumbre. El entrevistador queda en silencio. “Con cada músculo, con toda el alma, con el corazón”.
Está sentada en el borde de un andén, porque “es la mejor oficina para atender a la gente”. Acaba de terminar un día de grabaciones de Amores de mercado, su nueva telenovela, y en pocas horas pasó de disfrazarse de payaso a actuar como madre soltera con un hijo adolescente en la misma producción. Al mover la mano, podría decir se que está actuando. Pero no. Improvisa. Por si las dudas, consigue lo que quiere: atrapar a su presa. Y entonces cuenta cómo aprendió a sentir. “Sucedió en una audición.
Llevaba dos años en televisión y nunca había llorado en una escena y todavía me preguntaba si podía afrontar un papel o no, o si la actuación era lo que yo quería en mi vida. Me pidieron leer dos escenas. Eran de llanto, muy fuertes. El libretista leyó lo suyo y yo leí luego lo mío. Un corrientazo me recorrió de pies a cabeza. Era un dolor en el alma. Yo estaba sintiendo.